Hace tiempo, en las épocas del PRIAN y la Reforma Fiscal, leí un cuento que se remonta a una de las últimas dinastías de la monarquía francesa; época donde el rey era el Estado y su palabra, el decreto que estaba sobre todo y sobre todos.

El cuento narra aquella reunión entre el Rey-Estado y su ministro de Hacienda, quien se enfrentaba ante la problemática de no saber de dónde recaudar más impuestos por lo que propuso cobrarle a los ricos; el Rey, con su sonrisa socarrona reviró explicándole que su idea era descabellada, ya que los ricos son los dueños del dinero y el poder, que enemistarse con ellos sería la muerte pues partirían a otro reino con su riqueza. Aparte, los ricos en el reino eran muy pocos.

El ministro rápidamente propuso que entonces se le cobraría a los pobres, lo que alteró rápidamente al Rey, quien exclamó: ¡¿A los pobres?! Si a penas tienen para comer, su pobreza se debe a su pereza, ignorancia y vicios, imposible contar con ellos.

El ministro no tuvo otra opción más que preguntar qué era lo que su majestad quería que se hiciera respecto a la recaudación. “La clase media” respondió el rey, “a los profesionistas, comerciantes, académicos, científicos, músicos, mediana burocracia… a todos ellos. La clase media tiene el eterno sueño de volverse la clase rica, su sueño es superior al enojo que les puede generar este ajuste en los impuestos”.

Pero eso, según el cuento sucedía en Francia, en México habrá que esperar lo que pase después del decreto del Presidente respecto a disminuir la carga fiscal de PEMEX. Alguien tendrá que pagar ese dinero que se le dejará de cobrar a la paraestatal y que el dinero alcance para el Aeropuerto de Santa Lucía, el Tren Maya, la Refinería de Dos Bocas, las becas, las ayudas a la clase más vulnerable del país. Existen tres opciones solamente: que paguen los amigos del presidente (Alfonso Romo, Rioboó, Salinas Pliego, entre otros); que paguen los beneficiarios de los programas sociales; o que paguen los profesionistas, comerciantes, académicos…

Veremos qué se le ocurre a nuestro flamante secretario de Hacienda y Crédito Público, pero sobre todo a nuestro nuevo Tlatoani.

¡Ya sé! Quizás aumentar el impuesto predial sea la salvación y pagamos todos.

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